"...Quien siempre sabe a donde va nunca llega a ninguna parte, y que sólo se sabe lo que se quiere decir cuando ya se ha dicho."
(Javier Cercas, La velocidad de la Luz)
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jueves, 12 de mayo de 2016

Instante 70. La rutina

A veces... la rutina
tapona los agujeros
que el tiempo provocó
en la habitación que habitas.

A veces... la rutina
genera los descansos
que el cuerpo busca,
añora y necesita.

A veces... la rutina
es la única aliada
para afrontar el caos
que acosa nuestras vidas.


domingo, 29 de mayo de 2011

Instante 17. Tormenta de verano

Tarde plomiza, destello difuso.
Tarde dispersa, fulgor tenue.
Tarde nublada, luz que se oculta.
Tarde oscura en la que llueve.

Vida atrapada entre rutinas.
Cuerpo que lucha y nos requiere.
Tarde. Bochorno. Vida perdida.
Luz que agoniza. Cuerpo de nieve.

domingo, 30 de mayo de 2010

Divagaciones de una tarde de domingo

Domingo, maldito domingo, son las diez de la noche, el fin de semana agoniza, un fin de semana corto, demasiado corto. En frente una semana larga, demasiado larga, una semana presa de horarios, cinco días de obligaciones, de estar aquí o allá, de producir.
Lo importante es producir, no importa que, pero producir. ¡Que la rueda no pare!. Y ¿si la rueda parara?, y si un día, un día cualquiera, presos de una pereza contagiosa nadie fuera a trabajar, ¿qué ocurriría?. Da vértigo pensarlo, da miedo, es el miedo a la libertad que nos hace comulgar con la rutina impuesta, con la productividad absurda. Si nos paráramos todos a la vez y nos diéramos cuenta que este camino solo nos lleva al abismo estaríamos dando los primeros pasos en la buena dirección.
Lo triste es que enseguida aparecerían aquellos que harían negocio con el cambio de rumbo, chiringuitos varios ofreciendo un beneficio rápido, un placer instantáneo, y sin darnos cuenta, como atrapados en un laberinto, volveríamos al punto de partida, a la productividad absurda e innecesaria, al ritmo frenético, al caos organizado.
Domingo, maldito domingo, podría ser sábado, un sábado eterno e inagotable..

domingo, 9 de mayo de 2010

Cuentos encadenados 18: Complejo de Edipo

Por fin se encontraba a gusto, estaba en casa. Lejos de ruidos, atascos, problemas. Como en casa en ninguna parte, ya lo decía su madre.
La fuga había sido una insensatez, una niñería y el ya no tenía edad para esas cosas. Había sido una fiebre pasajera, pero como toda fiebre ya había remitido, pediría perdón, volvería a ser un buen chico, dócil y obediente, trabajador y educado. Regresaría a la rutina de siempre, su madre lo entendería, las madres lo entienden todo y como no había dejado huellas, todo sería como antes, como antes que esa mujerzuela lo trastornara... me trastornara.
Me lo había advertido mamá, no te fíes de las mujeres, tu eres bueno e ingenuo y ellas se aprovecharan, no te vayas, pero no le hice caso, estaba poseído, atrapado en su red diabólica, pero la destruí, me liberé y vuelvo a casa, a mi hogar, a sus caricias, a sus abrazos, a los susurros nocturnos, al calor de su cuerpo.

lunes, 22 de marzo de 2010

Cuentos encadenados 16: La rutina

No podía ir a trabajar, era superior a sus fuerzas. El médico le decía que no tenía nada, que estaba sano como un roble, pero sólo pensar en los expedientes encima de la mesa que no paraban de crecer, en los archivadores renqueantes por los años de uso que amenazaban con caersele encima, en el tipex que cubría de blanco todo su esfuerzo, en los rotuladores fluorescentes que remarcaban sus obligaciones, en los clips y las grapas que lo sujetaban para que no huyera, en la luz pálida que invadía el espacio, en la voz del jefe que ordenaba lo imposible, en el café de maquina que agujereaba el intestino, en el sándwich de media mañana insípido y reseco, le subía la temperatura a más de 38 grados y caía en un hoyo oscuro, profundo, en un pozo del que no podía escapar.
Apagó el despertador. Como todos los lunes, ese ruido repetitivo, monótono y familiar lo había rescatado del sueño periódico, que invariablemente lo atrapaba los domingos por la noche, para arrojarlo a la realidad perenne y tediosa que lo reclamaba. Se levantó y fue al cuarto de baño. Se duchó, se afeitó, planchó la ropa y, ya vestido, desayunó. A las ocho menos cuarto, puntual, como todos los lunes, martes, miercoles, jueves y viernes abandonó la casa.
Le esperaban cinco días programados, metódicos, cinco días que desembocarían en cuarenta y ocho horas breves, ligeras, incapaces del salvarlo de la rutina.

martes, 23 de febrero de 2010

Proceso de elaboración

Todas las mañanas, se ha convertido en una costumbre, abro el correo aúnque no todos los días hay mensajes, lo sé. Después repaso por encima los periódicos, leo los blogs que me interesan y por último echo un vistazo al mío, se que no ha cambiado desde la última vez, pero no puedo evitarlo. Repaso las entradas más recientes, siempre encuentro algo que corregir, algunos artículos los habré corregido 10 o 15 veces, es un ejercicio para pulir el lenguaje, para aprender, un ritual que me ayuda a pensar.
A veces pierdo horas consultando diccionarios, buscando la palabra precisa y de repente estalla en mis manos y vuela a mi alrededor, la idea me seduce e intento cazarla, clavarla con un lápiz sobre un papel usado. Luego le aplico, con OpenOfficce, el producto adecuado para fijarla, para pulirla, para transformarla en algo leíble o legible que mas da. Acabada la operación la dejo reposar, que tome aire, a veces una hora, dos, a veces un día. Más tarde vendrá copiar y pegar sobre el blog y al día siguiente, como algo obligado, la repasaré, corregiré, cambiaré y volveré a repasar.
Todas las mañanas vuelvo al mismo rito, abro el correo, repaso la prensa, leo los blogs de rigor y, por último, corrijo mis últimos textos. Un día, me darán el alta, todo cambiará, sonará el despertador a las 5 y volveré al trabajo, a la falta de tiempo, a la falta de lectura, a la rutina que me alimenta. Llevo dos meses de baja, 60 dias apartado, 1.440 horas sin premura, 86.400 minutos deambulando entre libros y tareas domésticas, 5.184.000 segundos atrapado en un paréntesis ocioso y, mira por donde, le he ido cogiendo gusto.

domingo, 24 de enero de 2010

Cuentos encadenados 5: La búsqueda

Se abotonó la gabardina y se dispuso a deambular un día más. Estaba cansado de recorrer esas malditas calles, monótonas, lineales... cuadriculadas. Se encontraba como atrapado en un laberinto estúpido, sin saber la razón, el porqué de esa aventura. ¿Aventura?, mas que aventura era rutina, obsesión y un sin sentido pegajoso del que no sabía escapar. Cruzó una calle, ¿cuantas veces habría cruzado esa calle?. Sonaron uno, dos, tres cláxones, ya le era familiar ese sonido. Escuchó el chirrido de unos frenos, era como un “buenos días” algo histérico. Sintió un fuerte golpe en un costado y luego el impacto de su cabeza contra el asfalto. El tiempo se paró en ese instante y vio ante sus ojos, tras casi un mes de búsqueda, el lugar deseado que poco a poco se teñía de sangre.

jueves, 7 de enero de 2010

Cuentos encadenados 3: Circulo vicioso

30 minutos atrapado en un paisaje real y en un falso sueño, pero ¿donde acababa uno y se iniciaba el otro?. Cientos de noches deambulando por esa calle y no había logrado desligar ambos espacios, en un extremo el bar, en el otro su casa y en medio ese andar alcohólico, lento y atropellado. 30 minutos de la última copa a la cerradura de siempre. Sacó la llave y con algo de dificultad abrió la puerta y encendió la luz. La casa estaba helada, el ordenador encendido, libros por el suelo,la nevera vacía,... como tantas otras noches se acostó vestido, y durmió, no supo si en la realidad o en el sueño, que más daba, al día siguiente el despertador lo trasladaría a la rutina de una oficina inmaculada, al menú de 10 euros, al café de la tarde, al paseo después de cenar,... a las copas nocturnas

martes, 29 de diciembre de 2009

Cuentos encadenados 2: Camino al trabajo



"El lugar imaginado a tu alcance. No lo dudes. Llama."

El cartel, en lo alto de una loma domina la entrada a la ciudad, a sus pies montañas de escombros, chavolas y aguas pestilentes. En el aire el aroma fétido de la depuradora. Lejos la silueta de los primeros edificios y el humo de las fábricas.
Todas las mañanas idéntico trayecto y la misma cola interminable de vehiculos
Todos los días el mismo cartel e igual rutina, 30 minutos atrapado en un paisaje real y en un falso sueño.