"...Quien siempre sabe a donde va nunca llega a ninguna parte, y que sólo se sabe lo que se quiere decir cuando ya se ha dicho."
(Javier Cercas, La velocidad de la Luz)
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domingo, 22 de junio de 2014

Relatos de un asesino 12. La sentencia

Cuando fui detenido no opuse resistencia, no negué los cargos, para que negarlos. Me limité a estar callado y aunque nunca me he arrepentido de nada, renuncié a un abogado y esperé con calma la sentencia. Me encontraba roto, cansado. Solo deseaba dormir, dormir largos días, no pensar en nada. No concedí entrevistas y eso que tuve ofertas generosas, durante semanas fui noticia relevante. No me relacioné con otros presos, no me fiaba de nadie, sabía que tarde o temprano moriría en la ducha o mientras dormía, mis días estaban contados, era inútil resistirse. Logré así sobrevivir, adaptarme a mi nueva vida. Ahora, los funcionarios me respetan, pero se que eso no cambiará el final. Cualquier día, cuando menos lo espere, aparecerá un objeto cortante clavado en mi costado, será un acto silencioso, anónimo... una ejecución pagada.

miércoles, 8 de junio de 2011

Relatos de un asesino 9. Cuando la vida mancha

Siempre he procurado vivir al margen, no implicarme, sin embargo la vida, ya se sabe, tarde o temprano mancha. Aquella noche regresaba a casa cuando me llamó la atención un audi 8 parado en el arcén del que era arrojada una chica joven. Al llegar a ella comprobé que había sido maltratada hasta morir. Seguí al coche hasta su destino, una lujosa casa en un barrio residencial. Debería haber olvidado el asunto, no me incumbía, mas por alguna razón extraña me quedé vigilando la vivienda. Hacía frío, estaba cansado y no entendía que hacia allí, nadie había solicitado mis servicios. Amanecí confuso y con un terrible dolor de cabeza, necesitaba un café y una copa o mejor una ducha y una cama. Tan solo un cigarro y un poco de aire fresco regalé a mi cuerpo dolorido. Salí del coche, necesitaba estirar los músculos y aclarar las ideas, ¿qué me ocurría?, ¿qué pintaba en aquel barrio?. El sol ya iluminaba la calle cuando se abrió la puerta del garaje y vi salir al vehículo, era de color gris oscuro, se dirigía a la ciudad y decidí seguirlo. Al pasar por un lavadero de coches entró. El conductor, un individuo alto y elegantemente vestido, con un traje haciendo juego con la carrocería,  se dispuso a desayunar en la cafetería contigua mientras su coche era limpiado a conciencia. De buena ganas habría entrado, falto estaba de algo caliente que echar al estomago, pero no quería llamar su atención por lo que permanecí sentado al volante escuchando “La Flauta Mágica” de Mozart, un cd algo deteriorado de tanto oirlo, suele ocurrirme con todo, ¿será falta de atención o simplemente vagancia?, algún día tendré que averiguarlo. No había pasado media hora cuando el audi volvía al asfalto, brillante e impecable como su dueño. Al llegar al centro, el coche desapareció en el aparcamiento de un banco, esperé unos minutos que aproveché para desayunar y asearme en los lavabos del bar. Tenía un aspecto deplorable y necesitaba un afeitado por lo que al salir entré en una barbería cercana. Algo más presentable y con el cerebro más despierto me dirigí a la oficina bancaria. No tardé en localizarlo, sentado en su despacho de paredes de cristal con un letrero a la entrada que decía, director. Solicité una entrevista, pasados unos minutos me recibió con una amplia sonrisa y unos modales exquisitos. Mientras hablábamos, pude ver, presidiendo la mesa, una foto de familia, su mujer y sus dos hijos, rebosantes de salud y felicidad, ignorantes de lo que él hacía fuera del recinto familiar. Ellos no tenían ninguna culpa, pero menos la infeliz chica de la carretera. Abandoné su despacho con una decisión clara, debía de pagar por lo que había hecho. No tardé muchos días en encontrar el momento oportuno y esta vez la presa debía de saber que había una razón. La ejecución fue lenta, tuvo tiempo para implorar, para intentar comprarme, para no impedir lo inevitable. Cuando terminé cogí su cartera, llevaba suficiente dinero como para sentirme pagado. Como ya sabrán, yo nunca hago las cosas gratis.

miércoles, 1 de junio de 2011

Relatos de un asesino 5. Encargo político

Mira por donde, sin saberlo, he contribuido al desarrollo de esta ciudad que tanto ha cambiado en los últimos años, pero no adelantemos acontecimientos. Aquella mañana cuando sonó el teléfono estaba abstraído en la lectura de un periódico deportivo, (me apasionan el fútbol y el boxeo, también la novela policíaca y la música, no me interesa la política ni nada relacionado con ella, vivo mi vida y mato para financiármela, lo demás no es asunto mio). Llevaba un tiempo sin actuar entrenándome en el manejo de la navaja, una automática con las cachas negras. Como acostumbro, exigí el cincuenta por ciento junto con el informe sobre el individuo a liquidar, este informe de carácter solo técnico sin ninguna acotación personal. Cumplí el encargo de forma rápida, el individuo no llego a enterarse de lo que le ocurría, mi habilidad había alcanzado cotas altas. En el momento de morir su cara solo reflejó sorpresa, la misma que sentí tiempo después cuando supe que era un político que tenia paralizado un importante proyecto urbanístico que hoy en día, ya terminado, es la delicia de esta ciudad. Dicen que ese proyecto destruyó un espacio protegido y arruinó a cientos de familias que vivían de la agricultura. Eso dicen, pero yo solo veo pisos de lujo, campos de golf y otras mejoras de las que estoy orgulloso de haber propiciado, aunque fuera sin saberlo. El progreso tiene su precio y es mejor estar en el lado ganador, lo demás es política y eso como ya saben a mi no me interesa.

Relatos de un asesino 4. Justificación y método

Después de un tiempo dedicado a este oficio, no puedo quejarme, hago lo que algunos desean pero no se atreven, pagan por ello y eso me permite vivir holgadamente. Soy algo metódico y como ya saben me gusta improvisar solo lo justo, lo imprescindible. Con el tiempo se que llegaré a ser verdadero profesional, frío y sin subidas de adrenalina en la ejecución. Para ello me adiestro en el acto puro, seco, sin adornos; ausente de emoción, libre de estridencias, vacío de intención. Nada de disparos que alteren la melodía. Nada de bolígrafos, llaves u objetos que trasmitan falta de oficio. La navaja es el instrumento, la herramienta adecuada. Un golpe preciso, un corte limpio, sin huella. Una respuesta sin pregunta, la presa no tiene tiempo a plantearla. Es la muerte silenciosa que acoge a la victima sin más razón que un precio tasado y no hay que darle más vueltas

sábado, 21 de mayo de 2011

Relatos de un asesino 11. Encargo rechazado

No recuerdo que detalles llamaron mi atención. Eran cosas sin importancia que empezaron a obsesionarme, objetos fuera de su lugar que juraría no haber tocado. Me sentía vigilado, sabía que había cometido un error, que había invadido un terreno prohibido y más pronto que tarde pagaría por ello. Aceptaba pocos encargos, siempre muy estudiados, intuía que usarían alguno para tenderme una trampa.
Aquella mañana cuando sonó el teléfono, pensé en no cogerlo, desaparecer unos días o quizás meses rondaba mi cabeza. La voz era directa, clara, expeditiva. Me indicó que abriera el sobre que había al lado del teléfono y no colgara, esperaba mi respuesta. El sobre, que no entendía como había llegado allí, pero empezaba a comprenderlo, era de tamaño folio, acolchado, no llevaba sello ni dirección. Dentro encontré dos cuadernos. En uno un dossier que me comprometía, plagado de datos que podrían llevarme a la cárcel. En el otro, toda la información necesaria para ejecutar un encargo que no estaba dispuesto a cumplir. Debía de matar a una joven y a cambio la información sobre mí sería destruida. Era el pago por haber liquidado a tres de sus chulos, por haberme inmiscuido en sus negocios. No es que valorara la vida de aquella muchacha, ella ya estaba sentenciada, si no lo hacía yo lo haría otro, matones no les faltaban, es que no soportaba que me dieran ordenes, yo elegía los encargos y no estaba dispuesto a cambiar a pesar de las posibles consecuencias. Rechacé la oferta y colgué el teléfono con brusquedad, supe en ese instante que había firmado mi sentencia, pero como no suelo arrepentirme de mis actos y ya estaba un poco cansado preparé una copa y me senté a esperar su respuesta. Sabía que esta sería implacable, solo era cuestión de tiempo, no sabía cuanto, aunque intuía que no demasiado.

sábado, 14 de mayo de 2011

Relatos de un asesino 8. Dudas

A veces tengo la impresión de que casi siempre he matado a quien no se lo merece, es una sensación pasajera que intento eliminar, no estoy para impartir justicia tan solo para ganar dinero, por ello siempre me he negado a recibir información personal de la victima, así todo es más fácil, más neutro.
Caía la noche cuando recibí la llamada, aceptado el caso recogí la información necesaria y el cincuenta por ciento de lo acordado, como era mi norma. Debía de matar a un hombre de aspecto vulgar y vida sencilla, algo que, tengo que reconocer, facilitaba el trabajo. Lo ejecuté con rapidez, no suelo demorarme más de lo necesario, y recogí el maletín requerido por mi cliente. Debería de haberlo entregado enseguida, ese era el trato, pero por alguna razón la curiosidad me pudo y lo abrí. Averigué cosas que hubiera sido mejor no conocer, datos molestos, hechos dificiles de digerir hasta para alguien como yo. Con el tiempo he aprendido que la ignorancia tiene sus ventajas, demasiada información provoca conflicto, no es productiva y   genera algunas complicaciones. Cuando devolví el maletín y cobré el resto de los honorarios, ya nada era igual, no me arrepentía de lo ocurrido pero las dudas se habían apoderado de mis noches. Llevaba años en este oficio, era bueno, quizás el mejor, porque no decirlo, pero algo había cambiado, había roto una norma e intuía que se acercaba el momento de retirarse.

domingo, 8 de mayo de 2011

Relatos de un asesino 1. Presentación

Soy asesino a sueldo, un oficio más corriente de lo que ustedes suponen, un oficio con el que se puede ganar uno la vida trabajando poco. Solo hace falta un teléfono móvil de tarjeta que permita al cliente localizarte, pero no identificarte. No tienes nombre, ni dirección conocida. Eres un número que circula en los ámbitos adecuados, un número eficaz, que responde, que cumple su cometido de manera limpia y profesional. Encargos no te faltan, siempre hay alguien dispuesto a pagar por deshacerse de un vecino, de un amigo, de un amante, de un hermano... Todo es posible, no saben de lo que es capaz la gente para salirse con la suya. Y ahí estoy yo, para resolver el problema de ese ciudadano ejemplar que necesita una ayuda. No soy barato, pero hay algo barato en estos tiempos.

jueves, 5 de mayo de 2011

Relatos de un asesino 7. La cita

No actúo con demasiada frecuencia, no conviene, el caso hay que estudiarlo, analizar cada detalle, fijar el escenario adecuado. No suelo preguntar las razones y rara vez me entrevisto con quien reclama mis servicios, lo hice una vez y ya saben lo que ocurrió, quizás por ello, haber aceptado aquella reunión me incomodaba.
La casa, situada en un barrio residencial, aunque discreta, delataba poder, dinero. Me abrió un hombre de mediana edad, se presentó como el secretario personal y sin más preámbulo me condujo al estudio. Allí, sentado en un sillón, un hombre mayor cuyo rostro delataba cansancio y una muerte cercana, me esperaba. Me explicó que no quería que su hijo, alguien a quien repudiaba, heredara su fortuna, por lo que debía de morir antes que él. Quiso contarme sus razones pero me negué, aduje que era el brazo ejecutor y solo me interesaban las cuestiones técnicas, lo demás era superfluo. Me miró con aprensión, con desprecio, mas era un hombre práctico y sabía que en los negocios la moral se deja en la percha con el abrigo.
Salí de la casa con la documentación necesaria y la mitad de lo acordado. Tenía solo siete días para cazar a la presa, según los médicos no le quedaba mucho más a quien me había contratado y debía presentarle el trofeo para cobrar el resto.
Tres días más tarde todo estaba organizado, el joven era un tipo desagradable algo que agilizaba la ejecución, no tenía porque buscar escusas, aunque rara vez las había necesitado. Llevaba una vida desordenada y noctambula a cuenta de la pensión que había sacado a su padre. Encontrar un lugar adecuado no fue difícil, un callejón oscuro. Lo demás fue rutina, un ágil movimiento de la navaja mientras me daba fuego y el robo de su cartera para desviar la atención de la policía.
Semanas más tarde, cuando murió el anciano, descubrí que el verdadero dueño del imperio era el hijo, lo había heredado de la madre. Una vez muerto, paso todo a manos de mi cliente y ahora era el hermano pequeño de éste el único heredero. Al ver su foto publicada en el periódico, creí reconocerlo, me había recibido amablemente cuando fui a entrevistarme con el viejo, me había abonado el segundo plazo de los honorarios, era el secretario fiel y discreto que movía los hilos en la sombra. Sentí unas terribles ganas de hacerle probar mi navaja, pero tiré el periódico a una papelera y decidí que era hora de tomarse una copa, o quizás dos, tres o las que fueran.

martes, 26 de abril de 2011

Relatos de un asesino 10. El error

En este oficio hay que mantenerse frío, no tomar partido, ejecutar el encargo y cobrar, pero debo de estar haciéndome viejo pues últimamente pierdo la frialdad con cierta frecuencia. Algo que me ha llevado a cometer un error que tarde o temprano pagaré.
Las había visto con frecuencia en las afueras de la ciudad. Apostadas en los arcenes de las carreteras, ligeras de ropa, esperan la llegada de algún cliente. Perdidas en un mundo inhóspito, inseguras, rotas por dentro..
Aquella noche hacía mucho frío, no entendía como podían aguantarlo, bromeaban entre ellas, se insinuaban a los conductores, esperaban la llamada oportuna, la acaricia fingida, el dinero “fácil”, el dolor soportado.
Nunca me había parado, era mejor no hablar con ellas, mantenerse a distancia intentando averiguar quien o quienes las “protegían”, quienes a base de palos e intimidaciones lograban atarlas al asfalto, al relente, al polvo mecánico.
Nadie me había encargado hacerlo, no sacaba nada a cambio, no era profesional, era inútil. Pero por alguna razón, quizás absurda, quizás idiota, estaba allí, dispuesto a actuar.
Tras meses de espera había logrado identificarlos, eran tres, al menos eso supuse, y los tres probaron mi navaja. Fue un acto limpio, inmaculado, pero... incompleto. No advertí y ese fue el error, que tras ellos había otros. Otros con más poder a los que había enseñado mis cartas.

miércoles, 13 de abril de 2011

Relatos de un asesino 2. Primer encargo

Paré el coche donde me indicaron, lo dejé al ralentí por si algo salía mal. Mientras esperaba la señal para actuar subí el volumen de la música, quería aislarme unos minutos, necesitaba calmar la ansiedad que me invadía. Teresa Verganza entonaba el Cum Dederit del salmo 126 de Vivaldi, reconozco que en aquella época, influenciado por películas como "El Padrino" y buscando alguna épica a lo que iba a hacer, solía relacionar la música clásica con el crimen. 4,57 minutos dura la pieza, 297 segundos en los que preparaba mis nervios para el primer encargo, sabía que estaba a punto de cruzar una raya de no retorno. Llegó un coche y aparcó cerca del mio. Bajó un hombre alto, implecablemente vestido, no tardé en reconocerle, era mi presa, pero no debía de hacer nada hasta recibir la señal convenida. Cerró la puerta y dirigió sus pasos hacia mí, estuve a punto de pisar el acelerador y escapar, no lo hice, el miedo o la convicción de que era demasiado tarde me lo impidieron. Era un hombre seguro, de los que pisan con energía y determinación, de los que no dudan. Me sacó del coche con brusquedad y apuntándome a la cabeza exigió una explicación a mi permanencia en aquel lugar. Su forma de actuar era osada, pero imprudente, ¿qué era? ¿matón o chuloputas?, no tuve tiempo para preguntárselo, fue como un acto reflejo, algo se cortocircuitó en mi cerebro, algo que destapó a la fiera fría, había sobrepasado la linea roja y no había marcha atrás, una llave en la yugular fue suficiente para que se desplomara. Recogí la llave y me fui. El maletín con el dinero estaba en el sitio acordado, al abrirlo un fuerte olor al perfume que llevaba el hombre que había asesinado me dejó confundido.

sábado, 29 de enero de 2011

Relatos de un asesino 6. Los riesgos de madrugar.

Desde siempre he acariciado la idea de que la humanidad se divide en dos bloques. Por un lado los madrugadores compulsivos, aquellos que se levantan antes de que salga el sol, porque si, porque se lo pide el cuerpo. Por otro, los madrugadores forzados, los obligados por el despertador y por el trabajo. Yo me encuadro en el segundo grupo, por ello cuando recibí el aviso del cliente que quería verme a aquella hora tan intempestiva la mala leche inundó mis venas. 
Debían de ser las 4 de la mañana y el frío era penetrante. El parque vacío, tan solo un individuo vestido con ropa deportiva hacia estiramientos en un claro, a la luz de una farola. Era alto, bien plantado, rebosaba vitalidad. Me saludó con una amplia sonrisa, mostrándome unos dientes blancos, muy blancos, y parejos, muy parejos. Contra más lo miraba, más lo detestaba, odio la ostentación y la física es la que menos soporto. 
El encargo era sencillo, se había cansado de su mujer y yo debía de matarla. Tal como le había avisado, traía la mitad de lo acordado en billetes usados y una foto del objetivo. Mas, a estas alturas de la noche, yo ya no tenia claro quien merecía morir. 
Al guardarme el dinero en el bolsillo de la chaqueta roce la navaja automática que siempre me acompaña y una idea extrambótica se apoderó de mí. Me acerque para despedirme y con un rápido movimiento se la clavé en el corazón. Murió instantáneamente, casi sin sufrir. Me guardé el arma en el bolsillo y desaparecí rápidamente. 
Había renunciado a la mitad del dinero, pero como no soy ambicioso no me preocupó, al contrario, me encontraba satisfecho pensando que había librado a una bella mujer de semejante elemento.

viernes, 21 de enero de 2011

Relatos de un asesino 3. La importancia de la planificación.

Entre los defectos que me definen, por mucho que busque, no encuentro  la improvisación. En este oficio es importante que todo esté planificado, nada puede dejarse al azar, cada acto debe encajar con exactitud en el puzzle que manejas.
Lo conocí un día extraño aunque sabía de él todo lo necesario. Esperaba el autobús, a veces abandono la rutina y dejo el coche en el garaje. Estaba solo en la parada cuando se acercó y me pidió fuego, tenia un andar alegre, una voz rota que conservaba una hermosa melodía, una mirada profunda. Cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, las glándulas suprarrenales comenzaron a segregar adrenalina. Lo que ocurrió después fue muy rápido, el bolígrafo con el que estaba escribiendo se convirtió en la herramienta apropiada. Se desplomó sin entender que había ocurrido, pero de poco le habría servido saber que no era nada personal, tan sólo negocios.
Era una mañana esplendida y decidí entonces dar un paseo, a veces es necesario hacer algo de ejercicio.